
Fin de semana largo por Semana Santa. Nuestro cole para llegar a Bariloche, destino final luego de varias vueltas, salió dos horas más tarde. Por consiguiente, llegamos a casi 3 horas más tarde de lo previsto.
El hotel quedaba en una calle a la cual bien podría habérsele construido una telesilla... En la espalda la mochila, colgado de un hombro el bolso y colgada de un brazo, vos, chiquita inquieta.
Dejamos las cosas, nos familiarizamos apenas lo necesario con el hospedaje y bajamos raudos a realizar un pequeño paseo antes de que la tardecita nos impidiera disfrutar de los paisajes.
Un cole por el que pagamos 2 chauchas, nos llevó hasta el Cerro Campanario, que apenas supera los 1.000 metros de altura, pero que está en un sector clave de Bariloche: de allí teníamos una excelente vista de la cordillera de los Andes, de los lagos Nahuel Huapi, Moreno Este, Moreno Oeste, laguna el trébol, las islas Huemul y Victoria, y la península de San Pedro, entre otras maravillas de esta singular naturaleza.
Yo tenía un poco de miedo de que vos le tuvieras miedo a la telesilla, pero me quedé asombrado de cómo enseguida comenzaste a disfrutar el paseo. Llegamos a la cumbre y rápidamente fuimos a todos los puntos en los que podíamos ver el paisaje.



Luego de un heladito y de ver al enorme Nahuel Huapi, me pediste ir a “
poner las patitas en el agua”. Pues así lo hicimos. Bajamos, hicimos dedo y nos dejaron en el acceso a Playa Bonita. Te querías bañar, pero no hacía tanto calor. Aunque los 23 grados que delataba el 21 de marzo –día de comienzo del otoño en estas latitudes-, fueron realmente un regalo de Dios en lo que el mundo católico celebra como la Semana Santa.

Unas horas más tarde, con poco sol y con una luna gigantesca apareciendo en el este, nos fuimos a comer y minutos después, luego de ver Open Season, a dormir.
Amanecimos a las 8. Yo quería que vos durmieras un poco más, pero estabas re entusiasmada por salir a pasear. Todavía no teníamos planes fijos. Lo primero que teníamos que hacer era dejar el hotel, porque salíamos ése mismo día por la noche. Acomodamos todo, nos pegamos una ducha, y salimos con rumbo incierto.
Descubrimos que mejor que pagar la custodia por hora en la terminal es usar los lockers de un supermercado al cual fuimos por golosinas variadas para el paseo.
Coincidimos en dejar el azar el destino. Nuestras opciones eran Villa Los Coihues en el lago Gutiérrez, o el Cerro Catedral. Pasó el que iba al lago y para ya enrumbamos. En el viaje de 15 kilómetros te dormiste. Cuando despertaste ya estábamos en una casa de comidas esperando pollo con “
purecito”, como te gusta a vos.
Comimos y nos fuimos a tirar piedras al lago. Vos más que yo, que te miraba concentradísima eligiendo qué rocas tirar.

Pero el lugar no era lo que esperábamos. No había mucho más para hacer y la playa era demasiado rocosa. Te propuse ir al cerro y dijiste que sí enseguida. Caminamos hasta el cruce con la ruta y justo pasó el cole que nos dejó en el cruce que va a Villa Catedral. De ahí hicimos dedos y en unos minutos estuvimos en la base del Cerro Catedral.
Fuimos a averiguar el precio de los ascensos y eran un chiste: pagaba sólo yo y tenía un descuento del 30 por ciento por ser residente de la Patagonia. En total 28 pesos por ascender en dos sillas hasta la cumbre del cerro.
Intuí que como ya tenías experiencia no ibas a tener miedo de las aerosillas. Y así fue. Ibas de lo más contenta e incluso te aburrió que no fueran más rápido. Creo que yo tenía más reparos, especialmente cuando la silla pasaba colgando por sobre una especie de acantilados. Vos feliz.

Al llegar a la cumbre, ya no estaba tan cálido. Nos pusimos todo el abrigo posible y nos sentamos con el sol en la cara y mirando al monte Tronador a comer unos riquísimos alfajores de maicena.
No mienten los que dicen que es el techo de la Patagonia. La vista desde ahí arriba es increíble. Aunque a vos te llamó más la atención la cantidad de rocas y la gran bandera argentina que flameaba, soberbia, en uno de los filos.



El cielo estaba despejadísimo, aunque por el frío decidimos que era mejor bajar. Sacamos muchas fotitos y fuimos al área de descenso. Volver se nos hizo mucho más corto.
Ya en la base nos tiramos a comer sanguchitos de queso en un gran parque que en invierno es utilizado como pista para aprender a esquiar. Usaste los quesos para fabricarte unos anteojos. Creo que por la belleza de todo lo que habíamos visto no me salió retarte. Además, el sol nos daba calorcito ahí tirados.

Encontramos unas hamacas y de ahí no te podía sacar. Sólo pude cuando apareció el cole que por pocas monedas nos llevó hasta el centro de la ciudad. Nos encontramos con Lore, mi amiga barilochense que cuando no está tapada de trabajo suele ser nuestra guía. Ella nos propuso ir a dejarnos más tarde a la terminal.
Como faltaba un rato, nos fuimos a dar vueltas por las superpobladas calles céntricas. Compramos una bufandita y de ahí a la chocolatería, donde hiciste amigos en el sector de juegos.

Ya se hizo tarde. Lore nos llevó a buscar el equipaje escondido en los lockers y luego a la terminal. Vos, cansadísima, te dormiste apenas subiste al auto. Y así estuviste, dormida en mis brazos hasta que subimos al cole.
Ahora viajamos y te veo dormir me emociono por tener una compañera de viaje de primera. Tenemos que descansar porque mañana nos espera algo no menos importante: El festejo por el primer año de Luquitas.
Te amo, chiquita.PD: El primer viaje fue los primeros días de enero a Luis Beltrán y al campo de Chelforó, en Río Negro. El segundo fue un par de semanas después a Huechulafquen y a Quila Quina, en la cordillera neuquina. De esos viajes no escribí porque estaba vago.